La sociedad de los Morticoles realizada

Guy Briole

En su libro Les Morticoles, Léon Daudet –hombre controvertido pero temible polemista- describe un país en el que se es o médico o enfermo. “La policía es médica, la edilidad también, también la universidad, el conjunto de los poderes públicos, el gobierno…”[1] Aparte de ellos, todos son enfermos. Los que lo niegan son simuladores que deben ser tratados severamente porque constituyen un peligro público. En ese pueblo enfermo, los menos graves pueden circular y trabajar, los demás están repartidos en centros adaptados a su estado. Todos son regularmente evaluados.

Los médicos de la Alienación mental ocupan un lugar intermedio entre los demás médicos y los poderes tanto de policía como de justicia; un par de líneas suyas pueden decidir un destino. Son los depositarios del dogma de la responsabilidad moral cuyos secretos son los únicos en conocer.

En la jerarquizada sociedad de los Morticoles, donde la hipocresía es la regla, todo se obtiene mediante intrigas. Pero el punto crucial es que cada sujeto debe ser dócil al poder médico y, en esto, servir a la ciencia es servir al Estado.

En la jerarquía estaban aquellos que habían aprobado, a veces brillantemente, los exámenes, pero sobre todo había que contar con los que se habían hecho un lugar particular, cerca de los poderosos, tras haber superado pruebas que llevaban el curioso nombre de Lamidas de pies. Para superar los pasos sucesivos mediante la repetición de Pequeñas lamidas de pies, las cualidades requeridas eran “una gran flexibilidad del espinazo y una fuerte dosis de desprecio de si mismo”[2] No se podía recuperar en ningún caso la estima de si mismo pero sí discretos goces experimentados en secreto mediante los pequeños poderes ejercidos sobre los otros; a veces incluso sobre los jefes que las evaluaciones regulares permitían controlar.

Así, la evaluación asienta la jerarquía que, al instituirla cae en su propia trampa. Es curioso cuando la voluntad de controlar a los otros hace que sea el conjunto de la sociedad la que es evaluada. La máquina está en marcha, inexorable, y por todas partes los derechos de la evaluación y de la ciencia priman sobre los del sujeto.

Esta sociedad de finales del siglo XIX no tiene nada en común con la nuestra. No cabe duda de que los evaluadores del siglo XXI no son los mejores de nuestras universidades. Por lo que se dice, serían incluso los fracasados, pero aprenden rápido, sosteniéndose en un pequeño odio escondido pero tenaz. Se presentan sin doctrina, abiertos. Primero, ,quieren entrar en el lugar no con Pequeñas lamidas de pies, sino escondiendo las uñas. El traje de modestia le sienta muy bien al evaluador. No se presenta como un conquistador sino al contrario con una ligera curvatura del espinazo y declara, con la mayor sinceridad, que cuenta con aprenderlo todo del evaluado. Y si no entendemos al pie de la letra el sentido último del “cuento con usted para aprenderlo todo”, la trampa se cierra sobre el que, estimándole incompetente en su ámbito, piensa arreglarlo sencillamente con un poco de pedagogía y de disponibilidad bienintencionada. El evaluador se muestra sensible y, en efecto, dice no conocer bien su especialidad, y entonces pide que establezcan juntos la metodología. Y ya está atrapado, en cuanto se ha insinuado en su sistema usted se ha convertido en el actor de su propia evaluación que le hace ese otro que declara no saber nada y que, sin embargo, no va a sentirse molesto por emitir un juicio sobre usted.

¿En qué evocaría el médico de hoy al de los Morticoles? ¡En nada! Bueno, a lo mejor en ese punto que estigmatiza Lacan en su Seminario La transferencia: el médico forma parte de aquellos que siendo especialista de una competencia se juzga cualificado para hablar de todo “del amor, de la política, de lo que está bien, de lo que está mal,…”[3] Añadamos –para dar más de la medida – de la sexualidad, de la familia, de la vida, de las razas, etc. A lo mejor porque cada vez tiene menos interés por el enfermo y cada vez más por el poder.

El psiquiatra moderno, aquel que ha renunciado a la transferencia a cambio de la religión de la ciencia, es el médico colaborador del poder por excelencia. La evaluación es para él una ganga porque con ella puede justificar su deserción en nombre del bien público. Ha cambiado una clínica de la relación por una clínica de la evaluación. Es un ideólogo, como los de los Morticoles, abanderado de la responsabilidad moral que piensa tener que encarnar. Cree en el orden médico y su celo para contribuir a la construcción de una sociedad del control es ilimitado. Con el poder, que le corteja y le anima, ya no esconde sus objetivos: remodelar y disciplinar la sociedad con el menor coste.

La puesta en orden empieza desde el nacimiento; mañana, tal vez incluso antes, para los hiperactivos desde el útero. Los Trastornos Generalizados del desarrollo (TGD) reabsorben el autismo, que se ve contaminado de organicidad. Hay que evaluar lo antes posible los resultados del recién nacido, diagnosticarlo y tratarlo. Los padres adhieren a la medicalización precoz del niño que viven como un triunfo sobre el psicoanálisis, siempre asociado a los discursos de su culpabilización. Esta segregación que instaura la medicina por este primer reparto entre los niños, no puede ser enmascarada por una voluntad feroz de reintegrarlos en el sistema escolar común. Se les discrimina para, a continuación, decir que tienen los mismo derechos que los otros.

Si han escapado a los TGD quedan atrapados por la doble evaluación escolar y médica y por el diagnóstico de Trastorno de Déficit de Atención, Hiperactividad. Si se mueve, es hiperactivo, si no se mueve ¡es la forma fija de la hiperactividad! Luego son hiperactivos, y si a eso se añaden algunos desarreglos con sus pequeños semejantes, una tendencia a rechazar a los animales y una implantación social en los barrios desfavorecidos en los que predomina la inmigración, ya están desde el jardín de infancia identificados como delincuentes potenciales. De hiperactivos se convierten en “turbulentos” u “hostiles”. La prevención se impone. Los médicos se involucran con gran interés y es kiddy coke[4] para todos, ¡la industria farmacéutica invita!

La vida de esos niños continúa y cualquier extravagancia es una desviación de la conducta, cualquier deseo de soledad la marca de un trastorno profundo del humor, la falta de interés por el aprendizaje un defecto cognitivo. Vitaminas, ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos en dosis moduladas, por si acaso, acompañan esas vidas ya preparadas en la báscula de la toxicomanía prescrita, con las ilegales de la rebelión adolescente.

Ahí están los adolescentes con sus crisis, sus dudas, sus oposiciones, sus ideas suicidas, sus malos encuentros; y también con la intolerancia de los adultos, la incapacidad de los padres, tanto como la de los Psi, para acompañarles en esa travesía. Entonces ¡Risperdal® para todos!

El adulto tiene que trabajar, entonces los antidepresivos están pensados para él; estimulantes para aumentar su rentabilidad, sedantes para, si está en paro, calmar sus reivindicaciones.

Con la tercera edad la enfermedad de Alzheimer –declarada en Francia causa nacional en 2007- abre amplias perspectivas para la inclusión de una población diana que será de las más dóciles a la evaluación, a la experimentación y una de las fuentes de beneficios más seguras para los laboratorios.

Cognitivismo, neurobiología, nanotecnología, psicocirugía funcional, la medicina despliega progresivamente sus protocolos sobre las diferentes franjas de edad con el aplauso y el sostén del poder.

En este punto de organización metódica, la evaluación del ciudadano por el médico mata el lazo social y empuja a una medicina de masas controlada por la industria.

La sociedad de los Morticoles se reinstala y gana allí donde el psicoanálisis recula. Pero donde ésta resiste, esa evaluación no es ineludible.

(Guy Briole: Psicoanalista, profesor de psiquiatría

Traducción: Julia Gutierrez y Carmen Cuñat)


[1] Daudet L., Les Morticoles, París, Grasset, Les cahiers rouges, 1956, p. 19 (Morticole: neologismo que puede interpretarse como aquellos que se entregan a una cultura de la muerte)

[2] Idem, p. 188

[3] Lacan, J. El Seminario, Libro VIII, La transferencia. Buenos Aires, Paidós, 2003.

[4] Kiddy coke: en argot Ritalina®

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