Lo real es sin ley

por Susana Narotzky

Esta es una reflexión desde mi posición en los márgenes del psicoanálisis y desde mi profesión de antropóloga.

En primer lugar me gustaría señalar los tres puntos que son el eje fundamental de esta reflexión:

  1. Lo real es sin ley
  2. No hay ciencia sino de la ley
  3. No hay avance científico sin la sorpresa que causa lo real (es decir, todo nuevo conocimiento es fuera de la ley)

Estas proposiciones son retomadas de distintas maneras por las filosofías y las sociologías de la ciencia y por los estudios sobre la producción del conocimiento científico, aunque no suelen expresarse de este modo. En la actualidad resaltaría el debate sobre neurociencias y filosofía que enfrenta por ejemplo a Bennett & Hacker con Searle, Dennett y otros. En sociología, los debates más interesantes en mi opinión enfrentan una concepción de la ‘reflexividad’ de la investigación en ciencias sociales y humanidades, en torno al último Bourdieu, con una visión post-estructuralista de disolución del paradigma epistemológico de la ciencia (paradigma de la modernidad) en torno a Bruno Latour, entre otros.

En antropología social y cultural estos temas son parte de la cotidianidad metodológica y producen enfrentamientos teóricos considerables en torno a los temas de si debemos considerar nuestra práctica y por tanto enfrentarnos a la producción de conocimiento en términos de a) ciencia o post-ciencia, b) conocimiento científico unitario o pluralidad de conocimientos c) conmensurabilidad o inconmensurabilidad de los conocimientos situados, d) conocimiento como ética o como poder (respecto de los sujetos objeto de estudio), y un largo etc.

Sin embargo, existe un punto en el que hay un acuerdo casi unánime y es en nuestros postulados metodológicos fundacionales: el trabajo de campo etnográfico y la comparación de estudios de caso. Si algo nos caracteriza como “ciencia” de forma específica y diferencial son estos métodos heredados o transliterados de las ciencias naturales decimonónicas. Me parece que existe un parentesco con el psicoanálisis en este entroncamiento con una ciencia de ‘otra época’ (lo que se nos echa en cara con frecuencia). Quizá la muestra más palpable de este parentesco es “el estudio de caso”, que la antropología toma de Freud muy pronto, y que transforma en los años 1940s en el “extended-case method” (el estudio de caso extenso o extendido) de la Escuela de Manchester, en torno a Max Gluckman.

Dos elementos diferencian a este método de otros métodos científicos, en particular de los métodos cuantitativos que empiezan a dominar en la sociología por las mismas fechas: 1) la observación participante, es decir la participación necesaria y prolongada del antropólogo en / con el objeto de estudio, esa sociedad que intenta comprender y explicar; 2) la construcción del caso, es decir la producción, a partir del material minuciosamente recogido durante esa larga convivencia, de un objeto de conocimiento que selecciona y conecta algunos sujetos, algunas situaciones, algunos acontecimientos (tanto de orden material como simbólico) a lo largo del tiempo y construye ‘procesos sociales’. El caso extenso, por tanto no es la etnografía (esa observación participante minuciosa e inevitablemente inacabada). El caso extenso es lo que permite la comparación (entre casos) y por tanto es lo que permite producir teoría a partir de la sorpresa etnográfica inicial que irrumpe en el marco teórico de partida invalidándolo parcialmente y forzando su reconstrucción. En antropología el estatuto de ciencia no viene de la cuantificación, sino de la robustez teórica que produce el permanente cuestionamiento en la realidad de la teoría asentada, proviene de las sorpresas de lo real. El etnógrafo se deja llevar y aunque tiende a interpretar según las categorías científicas que trae consigo al campo, siempre, siempre, aparece lo real y produce la extrañeza que lleva a la producción de conocimiento antropológico.

De hecho se puede decir que el método etnográfico impone esa extrañeza, impone el encuentro con lo real sin ley. El antropólogo es “el extraño / extranjero profesional”: se subraya que hay que desplazarse a lugares con culturas extrañas (simplemente ir a lugares en donde nuestras categorizaciones no sean ‘normales’ y en donde nos choque lo que observamos y lo que escuchamos porque no se adapta fácilmente a nuestros hábitos categorizadores). Se nos avisa que los primeros días de estancia en el campo son los más importantes porque son aquellos en donde nos asalta la sorpresa y nos envuelve lo extraño… que luego ‘entenderemos’, es decir, domaremos con alguna ley (folk o científica) de producción de categorías estabilizadas.

Ahora bien, ese real sin ley que está en el centro de la experiencia etnográfica, del ‘acto etnográfico’ (¿?) requiere comprometer el cuerpo entero del antropólogo y su persona, en un proceso que le va a transformar como sujeto. Es algo que podríamos entender como una suerte de ‘transferencia’ etnográfica. Hay aspectos del amor, de la dependencia mutua, del cuidado, de la identificación que producen precisamente el tipo de material específico y único con el que trabaja el antropólogo. Sin embargo, a diferencia de lo que suele ocurrir en el psicoanálisis, es el antropólogo el que ‘termina’ la relación. Es el antropólogo el que deja caer a las personas con las que ha compartido su vida y en ese proceso de ‘dejar caer’ los aleja definitivamente y los convierte en material para la ‘construcción del caso’. Sin embargo esto es imposible. Y finalmente todas las construcciones de caso, las monografías, las comparaciones y la producción científica antropológica, incluidas las interminables disquisiciones sobre la producción de conocimiento antropológico y sobre la ética de la antropología, son un intento repetido de no dejar caer al los que hemos abandonado a su suerte.

La antropología pues, reivindica su estatus de ciencia (cuando no se sitúa en la deriva post-estructuralista) a partir del acto etnográfico (el encuentro con un real) y de la construcción de caso extenso (la producción de un orden simbólico), que permite cuestionar y reconstruir la teoría. En este sentido, el caso extenso debe diferenciarse de la ‘apta ilustración’ (falsos ‘casos’) que se limita a utilizar fragmentos de descripción etnográfica para ‘ilustrar’ una teoría general pre-existente que no se ve desafiada por ella. Lo científico por tanto es aquí el proceso de construcción teórico, que no es sin la sorpresa etnográfica. Esa es la especificidad de la ciencia antropológica.

Mi intención en este breve excursus antropológico ha sido plantear las siguientes cuestiones:

1) la descalificación (o anulación) del adversario cuantitativista puede hacerse desde el posicionamiento político, es decir desde los efectos sociales o subjetivos que produce ese constructo, pero no desde el científico, porque la ciencia es siempre un lenguaje, una estructura de relaciones categoriales. Los efectos de verdad son políticos, como mostró Foucault, no ‘científicos’.

2) lo verdaderamente importante, me parece, es decidir si interesa ubicarse en el campo de la polémica y de la conversación de la ciencia, o bien situarse en una dimensión inconmensurable respecto de las otras formas de producción de conocimiento científico (esto siempre ocurre en alguna medida, por lo señalado en el punto anterior)

3) en el caso de que uno opte por permanecer de algún modo en la modernidad epistémica (es decir en el ámbito de la ciencia como forma de conocimiento, en lugar de, por ejemplo, en el de la teología –esta es una opción reivindicada por algunos antropólogos en la India), debe esforzarse por clarificar, en lo posible, el método y sus efectos en la teoría. En definitiva mostrar las virtudes de la propia metodología y criticar al adversario con argumentos de polémica científica.

Copio un fragmento de Clyde J. Mitchell, un antropólogo de la escuela de Manchester, que en 1956 hacía la siguiente defensa metodológica del estudio de caso extenso propio de la ciencia antropológica en contraposición con el método estadístico:

“A good deal of confusion has arisen because of the failure to appreciate that the rationale of extrapolation from a statistical sample to a parent universe involve two very different and even unconnected inferential processes –that of statistical inference which makes a statement about the confidence we may have that the surface relationships observed in our sample will in fact occur in the parent population, and that of logical or scientific inference which makes a statement about the confidence we may have that the theoretically necessary or logical connection among the features observed in the sample pertain also to the parent populations.

In case studies statistical inference is not invoked at all. Instead the inferential process turns exclusively on the theoretically necessary linkages among features in the case study. The validity of the extrapolation depends not on the typicality or representativeness of the case but upon the cogency of the theoretical reasoning.

In terms of this argument case studies may be used analytically –as against ethnographically—only if they are embedded in an appropriate theoretical framework. The rich detail which emerges from the intimate knowledge the analyst must acquire in a case study if it is well conducted provides the optimum conditions for the acquisition of those illuminating insights which make formerly opaque connections suddenly pellucid” p.39-40

Bibliografía

Bennett, M.; Dennett, D.; Hacker, P.; Searle, J. (2007) Neuroscience and Philosophy. Brain, Mind and Language, New York: Columbia University Press

Bourdieu, Pierre (2003) “Participant Objectivation”, Journal of the Royal Anthropological Institute, 9 (2): 281-294

Gluckman, Max (2006 [1961])  “Ethnographic data in British Social Anthropology” in Sociological Review 9, nº1:5-7, reprinted in The Manchester School: practice and ethnographic praxis in anthropology, Evens T.M.S. & Don Handelman (Eds), pp.13-22

Latour, Bruno (1999) Pandora’s Hope. Essays on the Reality of Science Studies, Cambridge: Harvard University Press

Mitchell, J. Clyde (2006 [1956]) “Case and Situation analysis” Sociological Review 31, reprinted in The Manchester School: practice and ethnographic praxis in anthropology, Evens T.M.S. & Don Handelman (Eds), pp.23-42

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