“El error, una marca de lo vivo”

por Guy Briole

El error, este «acto de la razón que juzga verdadero lo que es falso o a la inversa» es, según el filósofo Alain, el primer estado de todo conocimiento y, en este sentido, la verdad sería un error corregido. Así, es la experiencia del error lo que nos conduciría a la idea de verdad. La relación entre la ciencia y el error pasa por una verificación hasta el infinito con el fin de llegar a una cierta ignorancia del error. Así, la certidumbre científica es la resultante de las exclusiones sucesivas de los errores posibles.

Bachelard considera que el error es el elemento motor del conocimiento. Sin embargo, denuncia lo que, en el espíritu científico, apuntaría a un pensamiento normativo o al dogmatismo del discurso cartesiano[1]. Esta posición remite a una concepción de los elementos, de los hechos, como siendo éstos simples, allí donde la posición científica moderna se dedica al estudio de fenómenos complejos. De hecho, no se trata ya de leyes simples perturbadas por errores sino de leyes complejas, de fenómenos múltiples, en los que la noción del error encuentra ahí una dimensión dinámica. Con lo cual, no hay nociones de base del saber inquebrantable y «se debe siempre inferir y no descubrir las bases de lo real.»[2] Así, según Bachelard, «la epistemología no cartesiana está esencialmente, y no por accidente, en estado de crisis.»[3]

 

Canguilhem: la enfermedad es del hombre

Retomemos estas cuestiones con Georges Canguilhem (1904-1995)[4], filósofo francés, conocido por su famosa tesis de filosofía medical sostenida en 1943, Lo normal y lo patológico en la que establecía la noción de normalidad en medicina y en biología así como las reglas sobre lo que son los conocimientos científicos. El conocimiento de la vida (1952)[5] es el segundo texto importante de este «filósofo de las ciencias». Allí aborda la biología, no sólo desde el punto de vista mecanicista o del que consideraba el organismo como el resultado de la suma de los elementos internos y externos – lo que sería demasiado simplista según él- sino en la dimensión de la interacción individuo/medio. Ahí está el establecimiento de la biología en tanto que ciencia de lo vivo que deja un amplio lugar al error; a los fracasos genéticos, a los errores de lo vivo donde la anormalidad encuentra su lugar.

Para Hipócrates la naturaleza (physis) se caracteriza por un equilibrio tanto en el hombre como fuera de él. La enfermedad es un trastorno de este equilibrio, es una disarmonía. El punto esencial que deduce G. Canguilhem es que la enfermedad no está en el hombre o en el exterior de él, ella es inherente al hombre. La enfermedad es «el hombre en sí mismo, le pertenece por completo. Las circunstancias exteriores son ocasiones pero no causas.»[6] Este punto es esencial en su articulación con la responsabilidad del sujeto.

Sin embargo, quedan planteadas las relaciones entre la fisiología y la patología: ¿Ruptura o continuidad de un estado al otro, ampliación del estado fisiológico en la patología? Pero entonces, surge otra cuestión: ¿Dónde se sitúa la norma? Pensar lo patológico en relación con una medida es situarlo en relación a una norma, sea ésta biológica, estadística o social.

Otra dificultad es la definición de lo normal en sí mismo que no puede definirse por criterios pré-establecidos; lo normal es heterogéneo.

Del determinismo absoluto al D del error

En el siglo XIX Claude Bernard[7], partidario de un determinismo duro, tenía una verdadera aversión por una ciencia que debiera incluir lo heterogéneo e introducir la media como criterio de normalidad. Para este autor, las regulaciones fisiológicas son funciones que se resisten al azar.

Los partidarios del determinismo consideran que todo lo que se produce es el efecto de una causa determinada. Un principio simple que encuentra en su punto de partida una manera de racionalizar lo real. Pero el determinismo empuja a que la observación sea rectificada por la experimentación. Ver salir el sol todos los días en el mismo lugar no demuestra la gravedad. Constatar en un sujeto la repetición de lo mismo no dice cuál es su causalidad.

Claude Bernard consideraba respecto del determinismo experimental que, para llegar a un método universal, hacía falta postular una unidad del objeto; ya se tratase del objeto en bruto o del objeto viviente. Para él, el campo de aplicación es secundario tanto para lo fisiológico como para lo psicológico. Así, todo fenómeno está determinado de una manera absoluta y, siendo conocidas las condiciones de esta determinación, el fenómeno debe poder ser reproducido tantas veces como el experimentador lo desee.

Los trabajos ulteriores de la ciencia moderna temperaron este determinismo absoluto del que Bachelard demuestra que exigiría que se tuvieran en cuenta todos los parámetros, cosa que no se realizó más que en el pensamiento; no es posible saber si se han contado todos los datos[8]. El error, el D que inscriben las matemáticas, deja su lugar al indeterminismo y hace valer el cálculo de probabilidad de ver aparecer el fenómeno esperado. A partir de un número mayor, la probabilidad es más grande de que el fenómeno sea regular. «El tiempo se encarga de realizar lo probable, de hacer efectiva la probabilidad.»[9] La probabilidad es uno de los dos métodos llamados «inciertos», utilizados por los matemáticos; el otro es el de los escenarios y los intervalos. En realidad, el error de cálculo es siempre incierto, pues no es el mismo cada vez. La solución llamada robusta toma en cuenta el error en la solución. La verdad científica incluye la incertidumbre.

El error y el malentendido

En la reedición de 1966, G. Canguilhem añade Nuevas reflexiones sobre lo normal y lo patológico del que el tercer capítulo se titula «Un nuevo concepto en patología: el error». Detengámonos en estos nuevos aportes.

La reflexión parte de enfermedades raras que pasan desapercibidas hasta lo que aparecen en condiciones particulares. Fueron llamadas: errores innatos del metabolismo. La anomalía genética da informaciones erróneas a los procesos bioquímicos en razón de una perturbación de la información que se apoya en el código y el mensaje. Habiendo aumentado su número, el concepto de error innato adquirió una cierta consistencia. Así, «estar enfermo es haber sido mal hecho».[10]

La introducción de este concepto de error confiere un nuevo estatuto a la relación del conocimiento y de su objeto. La teoría de la información es Una, no puede ser dividida entre el conocimiento y sus objetos, materia y vida. Así, conocer es descifrar, encontrar el código. Entonces, G. Canguilhem deduce de ello que no hay diferencia entre «el error de la vida y el error del pensamiento.»[11] El error es realmente la marca de lo vivo.

Canguilhem avanza que si la organización de lo vivo es una «suerte de lenguaje», entonces la enfermedad no es ya circunstancial, es un malentendido. Y escribe esta sorprendente frase: «Hay malas enseñanzas de la hemoglobina así como hay malas enseñanzas de un manuscrito.»[12] El enfermo no sería el responsable de su enfermedad, de sus imprudencias, de sus excesos… ¡No es el responsable de lo que le determina en su código genético y que lo hace único!

Es con sabiduría que Canguilhem avanza diciendo que esta teorización de la no responsabilidad no tiene nada de tranquilizador y que ante esta irresponsabilidad, es preferible una parte de culpabilidad cuando se aborda la causalidad del genoma familiar. De hecho, la noción de error en patología es polisémica, el único determinante genético no es suficiente para dar cuenta de la aparición y del desarrollo de la enfermedad. Así, Canguilhem advierte en contra de la tentación de una «inquisición genética» llevada por una «policía de los genes, cubierta por la ciencia genética»[13].

El error en la organización no impide el éxito de la organización. Lo relativo a una lesión, ya sea éste genético, no encuentra todavía cómo expresarse de un modo patológico. El error marca la diferencia entre la organización posible y la organización real; es la marca de una organización posible para la que no existe garantía. La ausencia de anomalía del genoma no garantiza tampoco la ausencia de error en la información transmitida.

Así, lo normal y lo patológico no son definiciones simples ya sea en relación a una media o en una relación con la adaptación. Lo normal no es lo adaptado, así como tampoco la anormalidad no es la inadaptación. La normalidad no es una subordinación a un determinismo interior o exterior del sujeto. En los dos casos este determinismo está en relación con un hecho constituido. Para Canguilhem, el viviente no está condenado a padecer el medio para adaptarse a él; al contrario «él estructura su medio y desarrolla ahí sus capacidades de organismo.»[14] Lo hace desplegando una cantidad de energía que no puede encontrarse más que «en la historia de cada uno de nosotros», que hace que cada uno «cambie sus normas»[15]. La norma es individual.

Error y verdad

El error es la oportunidad que se le presenta al sujeto de escapar a la enfermedad de la normalidad que es la de estar sometido a «la uniformidad incorruptible de lo normal.»[16] La pulsión de vida es la parte de error introducida en la pulsión de muerte.

El error libera de la tiranía de lo normal. Una apuesta por la división del sujeto, por su disarmonía, por su fracaso. El error no se opone a la verdad, es su condición, siempre imposible de decir toda, siempre medio-dicha.

 

Traducción de Iván Ruiz


[1] Bachelard G., Le nouvel esprit scientifique (1934), Paris, PUF, Quadrige, 2008, p. 151.

[2] Idem, p. 165.

[3] Idem, p. 166.

[4] Georges Canguilhem fue el director del Institut d’histoire des sciences en 1955, después de Gaston Bachelard, y tuvo como alumnos a Michel Foucault y Gilles Deleuze.

[5] NdT: Traducido al español por la Editorial Anagrama en 1976.

[6] Canguilhem G., Lo normal y lo patológico, Ed. Siglo XXI. México. 2005.

[7] Claude Bernard, (18131878), médico y fisiólogo francés, fundador de la medicina experimental, y conocido por sus trabajos sobre la homeostasis.

[8] Bachelard G., Le nouvel esprit scientifique, op. cit., p. 124.

[9] Idem, p. 122.

[10] Canguilhem G., Op. cit.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem.

[13] Ibídem.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem.

[16] Idem, p. 216.

 

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