Ciencia y subjetividad

por Leonora Troianovski

 

Conversación con Javier Peteiro, autor de “El autoritarismo científico”

Buenas tardes,  en primer lugar quería agradecer a Miquel y a mis colegas del Laboratorio por darme la oportunidad de compartir mis preguntas con la mesa, con el Dr. Peteiro.

Tengo que decir que este libro me ha entusiasmado. En primer lugar bajo el modo del alivio, alivio por encontrar argumentaciones de peso con las que poder hacer frente a una especie de tsunami por el cual estamos siendo sacudidos desde hace ya algún tiempo (evaluación permanente, ISO, protocolización de las prácticas, medicalización de los lazos…), en un segundo momento sí el entusiasmo por su utilidad para pensar las cosas de otra manera.

En su lectura he encontrado una especie de arco que va desde la dilucidación epistémica al esclarecimiento de aquello que encontramos en el campo de las prácticas.

Una vez desandado el camino de la operación cientificista nos ofrece elementos para leer muchos de los fenómenos que acontecen en el quehacer institucional, interesándome especialmente cómo esto ocurre en el ámbito sanitario y  de salud mental, en el que desempeño mi trabajo institucional.

En este recorrido me ha acompañado, casi capítulo a capítulo, la pregunta por las consecuencias clínicas y éticas de la extensión del discurso cientificista. Es en este sentido que quería plantear algunas cuestiones y reflexiones a Javier, el dr. Peteiro, y dejarlas abiertas al debate con todos vosotros. Son cuatro puntos.

1. En el capítulo titulado Ciencia y poder, J.P Hace referencia a la figura del experto (Pag. 165) y lo define como la encarnación impersonal de este autoritarismo científico emergente. Luego introduce la noción de Calidad como adecuación a la norma no cuestionada según la cual “se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos”.

Estas cuestiones que parecen muy teóricas o de gestión,  me evocaron inmediatamente una escena reciente, de mi propia práctica. Sabemos que en la red sanitaria hace algún tiempo funcionan las DPO, que establecen los objetivos a cumplir por los profesionales, en una especie de traducción del acto médico en términos evaluables según el baremo coste-beneficio. – Uno se pregunta cómo se calcula lo que se pierde en este desplazamiento de la clínica a la gestión…

En una reunión de equipo de Atención Primaria, surgía un tímido debate al respecto, ya que había diversas posiciones dentro del equipo. La respuesta de la coordinadora ante las controversias de ciertas prácticas iatrogénicas, inducidas por las DPO fue: “Si cumples las DPO eres un buen médico”… Fin de la controversia.

Este punto me ha interesado mucho en relación a la pregunta por la posición del profesional, a cómo cada uno se ubica frente a este discurso que actualmente impera en las instituciones sanitarias (y de salud mental).

2. Al hilo de esta primera reflexión, me preguntaba cómo un científico “de su época” (pag 121) –como decía Hanna Harendt respecto de la educación, cuya responsabilidad era hacer de los niños hombres que pudieran responder a la época en la que serán adultos-, es decir “bañado” en el discurso cientificista, ha podido dar un paso al costado e introducir la dimensión ética y la dimensión subjetiva, como hace por ejemplo en la página 126 “sólo hay un freno que es el ético”, o en la página 103 cuando desanda el camino y reintroduce al sujeto donde la disfunción eréctil “convierte la sexualidad en enfermedad”.

3. En el capítulo Cientificismo y sujeto habla del concepto de felicidad (pag. 73 Be happy!), y de las consecuencias del simplismo cientificista en Psicología. Habla allí del auge de la Psicología Positiva, que efectivamente aparece diseminada en el discurso de muchos médicos de familia (inseminada). En 1929 Freud escribió “El malestar en la cultura”, es decir que podríamos ya estar advertidos! Pero no…

La lectura de este apartado me hizo reflexionar una vez más en los efectos clínicos por un lado, y en el eco que tan fácilmente encuentra en los profesionales, que toman estos principios y se dejan orientar por ellos, orientando –o desorientando, a su vez a los pacientes.

A nivel de la clínica, encontramos por ejemplo la dificultad de elaborar los duelos, ya que cualquier pérdida es automáticamente positivizada (y en caso que no sea automático, están los psicofármacos o en su defecto las pagas por minusvalías), lo que crea un ejército de crónicos, entre otras cosas.

En cuanto a los profesionales,  pensaba en la felicidad líquida (o incluso gaseosa, por más efímera y tóxica) de los médicos, que creen evitar así, con el pregón del positivismo, el encuentro con lo real de la clínica (que sabemos vuelve desde otro lado).

4. En la Conclusión, dices “la perversión de la visión científica del mundo puede, haciendo de ella la única posibilidad de acceso a lo real … dar lugar a un monstruo quimérico…”

Aquí habría una paradoja – si JP está de acuerdo, y es, que creyéndose el único lenguaje verídico que abordaría lo real, no hace sino forcluirlo sistemáticamente en el nivel de la práctica clínica, como me ha parecido se recoge bajo múltiples ejemplos en el capítulo sobre Cientificismo y sujeto.

La relación de la ciencia con lo real y el real propio del psicoanálisis, un tema que hemos trabajado mucho en el Laboratorio…

Muchas gracias.

 

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