Cientificismo y sujeto

por Javier Peteiro

El trabajo científico parece tener un afán epistémico esencial al que es inherente un goce estético*. La relación belleza – verdad impregna el avance científico fundamental. La Ciencia desvela la belleza del mundo, siendo bella en sí misma. Decía el gran matemático Hardy que “Las estructuras matemáticas, como las de los pintores o los poetas, deben ser bellas. Las ideas, como los colores o las palabras, deben encajar en una forma armoniosa. La belleza es el primer test. No hay lugar permanente para las matemáticas feas”. El físico Dirac también afirmó que “Es más importante que una ecuación sea bella que el hecho de que concuerde con los experimentos”.

En 1984, Isaac Asimov, un gran divulgador científico, escribía en uno de sus libros lo siguiente: “la iniciación en el maravilloso mundo de la Ciencia causa gran placer estético, inspira a la juventud, satisface el deseo de conocer y permite apreciar las magníficas potencialidades y logros de la mente humana”.

Pero belleza y verdad no necesariamente se asocian a bondad. El gran físico Richard Feynman decía “La Física es como el sexo: seguro tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos”.  Sí tiene una utilidad práctica. Aunque no fuera por ella, Feynman contribuyó al proyecto Manhattan.

1953 suele citarse como el gran hito, el año en que se publicó el modelo de DNA. En los años 60 se descifró lo que se empezó a llamar código genético y la Biología, al hacerse molecular, parecía que iba a marcar una nueva era en el siglo XX, un siglo cuyos inicios habían sido marcados por las grandes revoluciones físicas de la mecánica cuántica y la relatividad.

Hasta entonces se diferenciaba claramente entre ciencia básica y ciencia aplicada. Y como ya ocurrió con los griegos, los científicos teóricos mostraban cierta altanería sobre los dedicados a ciencias aplicadas, la Ciencia pura frente a la Ingeniería, la Física teórica o la Química Física frente al electromagnetismo o la Química Orgánica.

Había Ciencia y Ciencia aplicada, a la agricultura, la industria, la síntesis, la construcción o la Medicina. La Medicina, a pesar de modernizarse extraordinariamente con los rayos X, las vacunas o los antibióticos, era lo que siempre había sido: una actividad relacional, médico – enfermo, en la que se buscaba diagnosticar y curar o paliar la enfermedad. La Ciencia aplicada lo era del entorno, no del hombre.

Pero en los años 70 cambió todo. Se sabía que las bacterias hacen unos enzimas, las restrictasas, que cortan el DNA de virus que las infectan. Es un mecanismo natural de resistencia, pero esa propiedad, la de cortar al DNA en lugares específicos, permitió ver en ellas la gran herramienta de manipulación de ese DNA en los laboratorios. Junto con otras enzimas y métodos de aislamiento del DNA, tales herramientas inauguraron la ingeniería genética. Fue entonces cuando se dio la gran síntesis entre lo básico y lo aplicado. Precisamente en el ámbito de lo viviente. La reducción metodológica había mostrado todo su poder: no sólo se descifraba la información más esencial; también se la podía transformar. Se podría inducir a bacterias a fabricar insulina; se podría transformar al propio ser humano.

Nuevos avances técnicos ampliaron la visión de lo posible: anticuerpos monoclonales, perspectivas de terapia génica, métodos de secuenciación del DNA, elucidación de estructuras tridimensionales proteicas, el nacimiento de la bioinformática… Las promesas abundaron: se acabaría el hambre en el mundo, se vencería el cáncer, viviríamos más años, tendríamos ganado cuya leche fuera rica en determinados nutrientes o antibióticos…

El proyecto genoma fue la consecuencia lógica: había que leer el libro de la vida. Y finalmente, la gran aspiración: reescribirlo; no sólo toscamente, sino por completo, con genomas sintéticos o incluso modificando el propio código genético, pasándolo de tres a cuatro letras.

La gran revolución biológica se basó en algo bien sencillo: la reducción. Fue el estudio de los organismos más simples, los virus bacteriófagos, lo que permitió desarrollar la Genética molecular. La reducción metodológica se hizo sinónima de método científico. Ya lo había sido en Física; ahora le tocaba a la Biología.

La reducción metodológica hizo posible la transformación. Es fácil entender que, sin pensar, inconscientemente, se asociara reducción metodológica a reduccionismo ontológico. Desterrado el vitalismo, el ser humano sería entendible desde la escala molecular y transformable también desde ella. Desde entonces proliferan las afirmaciones ingenuas: somos nuestros genes, o la interacción de ellos con el ambiente; nuestros cerebros se podrán reconstruir algún día, nuestra mente es un gran software soportado por un hardware biológico comprensible y reconstruible (están en marcha los proyectos Connectome y Blu Brain) y el propio software, nuestro propio yo, podrá ser transferible a un soporte inorgánico. No hay bases positivistas para pensar lo contrario. Es sólo cuestión de tiempo y dinero.

Sabemos que no es así. Y que no sería deseable que fuera así. Pero la fascinación de la Biología aplicada, a pesar de tantas promesas frustradas, permanece y sostiene no sólo su propia promesa sino la más burda fantasía: nos enamora la dopamina y nos alegra la serotonina, la evolución ha seleccionado creencias y podremos vivir para siempre.

A diferencia de la Física, la Biología tiene un gran problema: la enorme variabilidad de los organismos. Incluso los que pertenecemos a la misma especie somos muy diferentes entre nosotros. Ante ese inmenso ruido de múltiples variables, relacionar entre sí unas pocas requiere el concurso de los contrastes estadísticos. El ensayo clínico muestra el poder de ese enfoque para aclararnos sobre lo que nos hace bien o lo que nos puede acortar la vida. La ciencia de la vida humana ha pasado a ser en buena medida ciencia estadística. Y, como en el caso de la asociación de la reducción metodológica al reduccionismo ontológico, también ha habido una confusión de la estadística como método a la estadística como referencia. Esa confusión facilita que pasemos de ser sujeto a ser objeto científico o, lo que es lo mismo, meros individuos muestrales, de tal modo que somos normativizados, medidos, evaluados, hasta el punto de que hay quien afirma que “lo que no se evalúa se devalúa”. Conocemos las consecuencias.

 

* Intervención para introducir el debate en el encuentro del Laboratorio del día viernes 4 de Marzo de 2011.

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Una respuesta a “Cientificismo y sujeto

  1. Hubo un matemático que decía que a los números si les damos muchas vueltas acaban diciéndonos lo que queremos oír, y esto es lo que puede pasar con la ciencia que ha cogido todo el deseo de esta humanidad, con dinero e intención se puede llegar a aquella verdad líquida, y no es que no haya verdad, al menos líquida, sino que el discurso la obvia en tanto que su intención es lo más importante.

    Un saludo de Vicent.

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