El deseo y la fatalidad

por Guy Briole

Encuentro con Javier Peteiro. “Cientificismo y sujeto”[1]

Tendrán tal vez noticia de la Profesora de medicina Maura Gillison de la Universidad de Ohio y de la Profesora de pediatría Bonnie Halpern-Felsher, de la Universidad de San Francisco. Hace unos siete días se hicieron famosas en el congreso de la AAAS: Asociación Americana para el Avance de la Ciencia.[2] Resulta que hay algo mucho más grave que el tabaco como causa del cáncer de boca y de faringe, ¡es la sexualidad oral! La idea es la siguiente: como el papillomavirus humano (HPV) puede ser causa de un cáncer del cuello del útero, pensaron que podía transmitirse por vía oral. Entonces, a todos los que tienen un cáncer oral se les pregunta su número de parejas y las estadísticas indican que a aquellos que han tenido relaciones sexuales orales con más de seis parejas en su vida se les multiplica el riesgo por 8 en relación al resto de la población (contra 3 veces para los fumadores). La profesora indica que estos primeros resultados deben ser confirmados por otras investigaciones. ¿Y qué añade su colega pediatra? Hoy, los adolescentes prefieren este modo de relacionarse que piensan menos arriesgado, debido al sida, la posibilidad de embarazo, etc. “¡Para nada!”, dice, muy firme, la doctora, “hay que informar a los jóvenes” y propone vacunar también a los chicos. ¿Cómo estos pobres inocentes podían llegar a pensar que la sociedad, por medio de sus médicos modernos, les dejaría gozar en paz?

Esto confirma particularmente lo que subraya Javier Peteiro en la página 57 de su libro cuando separa, para diferenciarlos, la ciencia, por un lado, y la pseudociencia y el cientificismo por otro. Javier escribe que los dos últimos tienen un punto en común, “la falta de un método científico riguroso doblado de una afirmación decidida”. Podemos añadir que los anuncios de los resultados deben impactar a la opinión. Empiezan por una afirmación, a tutta forza, y siguen sotto voce con la frase clásica “otros estudios permitirían precisar estos primeros resultados”.

Sin embargo, el anuncio vale en lugar de la verificación científica que dejan para otros. De todas maneras quedará una huella en las mentes del público.

Esta manera, que llamaré cínica, de la medicina moderna de rechazar la cuestión de lo real, tapándola con un discurso pseudo-científico, tiene consecuencias en el abordaje del cuerpo del enfermo. Dos separaciones claras y decisivas marcan la evolución de la medicina (p. 58 y 59):

– etapa 1: el divorcio entre el médico y el paciente después de lo que es pertinente nombrar, aquí, como una separación de cuerpos.

– etapa 2: borrar al enfermo y extraer de él la enfermedad. Una enfermedad, y Javier lo subraya bien, puede reducirse en datos medibles, comparables, posibles a incluir en estadísticas. Entonces tenemos una enfermedad separada de la subjetividad del paciente y del médico.

– etapa 3: nada se opone, ahora, en hacer entrar las enfermedades en protocolos, con sus pronósticos sobre la esperanza de vida (¡un dato secundario!), sobre el coste médico y social (¡los datos esenciales!).

Aquí, comprendemos porque Javier escribe en la p. 68: “Con la medicina moderna renace el concepto de enfermedad como pecado” y también vemos por qué habla de lo que él llama la enfermedad-culpa.

La sociedad actual no quiere curar ya a los que no se comportan bien: gozan y, además, cuestan dinero. En el límite, podrían servir en todo caso como objeto de estudio.

La concepción de la medicina del siglo XXI está marcada por el ideal de la sanidad y por un retorno de una orientación moral.

 

El doctor Knock en el siglo XXI

Más allá de la enfermedad, lo que ocupa al médico es “medicalizar” lo normal (p. 67). Nos acordamos de esta frase célebre del Doctor Knock: “Todo hombre de buena salud es un enfermo que se ignora”[3]

Con la medicina moderna vamos más lejos que con Los morticoles[4] donde la población podía diferenciarse en enfermos y personas de buena salud. Ahora, es un todos enfermos. ¡Una excepción, posiblemente: los médicos! Hay que tratar a los no enfermos para que algún día no estén enfermos. Tampoco, esto no es del todo seguro. La industria se dio cuenta de que los no enfermos eran más numerosos que los enfermos. Entonces, habrá que ver el modo de implicar a esta población en los tratamientos. ¿Cuál es el razonamiento? Todos tenemos un factor de riesgo (en la familia hay cánceres del pecho, del colón, del tiroides; unos son demasiado gruesos, otros demasiado flacos, demasiado grandes, pequeños; riesgo del tabaco aunque usted no fume, riesgo sexual, etc.). Hay que hacer, pues, una prevención: tomar medicinas, realizar mastectomías desde los 16 años, amputar una parte del intestino, poner anillos gástricos, etc.).

Ya nos han convencido: ¡tenemos el riesgo! Aunque se sabe también que la pulsión de muerte nunca renuncia; es más decisivo que la genética. El médico con su pseudo-ciencia se consideró siempre “aparte”; no quiere saber nada de la pulsión de muerte; el cientificismo es aquello que debería vencerla. Esto reserva sorpresas muy malas; digamos que es algo que expone a los malos encuentros … Lo sé bien por haberlo vivido en mi propio cuerpo …

El cientificismo, dice Javier en la página 57, « tiene la pretensión de explicar todo lo humano ». Y eso se hace en nombre del progreso de la ciencia.

Pero, dime : « ¿Tú no estás interesado por el progreso de la medicina ? »

¡Claro que sí! En lo que no estoy interesado es en este proyecto de robotización de los actos de la vida cotidiana, en esta determinación triste de la vida. No me interesa una vida sin sorpresa, sin deseo, sin nada que pensar o esperar que no esté ya inscripto en algún lugar.

En el mundo actual se dice que los objetos de uso cotidiano tienen un limite de vida programado —móviles, lavadoras, etc. No me interesa saber que se puede establecer una cartografía genética que permita conocer mi “fecha de caducidad”.

Se necesita un cuerpo para desear. El deseo es lo que anima el cuerpo y sostiene la pulsión de vida. No hay ninguna fatalidad. ¡Es lo más científico que tenemos!


[1] Peteiro Cartelle J., El autoritarismo científico, Málaga, Miguel Gómez, 2010, 204 p.

[2] Congreso de la AAAS en Washington, 20.02.2011

[3] Esta frase del doctor Claude Bernard está sacada de Knock, una obra de teatro de Jules Romains.

[4] Daudet L., Les Morticoles, París, Grasset, Les cahiers rouges, 1956, p. 19 (Morticole: neologismo que puede interpretarse como aquellos que se entregan a una cultura de la muerte)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s