“En Joyce solo hay algo que no pide más que irse…”

por Xavier Esqué

“En Joyce solo hay algo que no pide más que irse, desprenderse como una cáscara (pelure)” (Seminario El sinthome, cap. X, p. 147)

  

Esta frase nos remite  a considerar el estatuto del cuerpo en la enseñanza de Lacan. La última enseñanza de Lacan, plantea Miller, permite considerar el cuerpo como un montón de piezas sueltas (1).

Es la potencia de la imagen y de la forma la que nos proporciona la idea de unidad del cuerpo. Es por esto que los seres humanos adoramos el ideal de la forma, de la buena forma, la buena imagen. Es algo que además está ahora muy favorecido por la época. Sin embargo, para el psicoanálisis, el cuerpo no es un dato primero, no es un punto de partida, puesto que el ser viviente, el organismo, no es idéntico al cuerpo, no es lo mismo. Tener un cuerpo no va de sí, es preciso apropiarse de él. Y para poder apropiarnos del cuerpo, para poder decir “tengo un cuerpo” y para mantenerlo (veremos precisamente que el cuerpo de Joyce en determinado momento se le va, se le escapa), es necesario, antes que nada, aprehender una imagen del mismo. Es preciso que la imagen corporal se añada al organismo.

Después, tenemos que esta imagen está significantizada, es decir, que el niño la captura en el campo virtual del espejo siempre y cuando el simbólico funcione, siempre y cuando el simbólico ocupe su lugar. Como señala Lacan, el cuerpo de lo simbólico debe ser incorporado, y esto no es una metáfora (2). Es así como se constituye el cuerpo imaginario, campo privilegiado del yo y de sus identificaciones.

Por tanto, si tenemos un cuerpo es gracias a la dimensión simbólica del lenguaje, es el significante el que recorta el cuerpo, aunque el ser que se sostiene en ese cuerpo, señala Lacan, no lo sabe (3). Sin la inscripción en el lenguaje no se puede decir “tengo un cuerpo”.

Ahora bien, en el mismo momento en que el cuerpo nos es otorgado por el lenguaje también es mortificado. Tener un cuerpo es al precio de cierta mortificación. El significante mortifica, corpsifica, produce un vaciamiento de goce. No obstante, ésta no es la única función del significante, puesto que el significante también va a ser fuente de goce, causa de goce (4), o sea que el significante efectúa una suerte de inyección de goce al cuerpo.

Por consiguiente, el cuerpo en la enseñanza de Lacan no se reduce a la teoría del estadio del espejo.

En el Seminario El sinthome, y vamos entrando a la frase que me corresponde comentar, Lacan va a decir que el parlêtre adora su cuerpo (Cap. III, p. 64). La introducción del parlêtre significa que en este momento el estatuto del cuerpo no se limita al narcisismo y a la buena forma sino que ahora está concebido como substancia gozante y, por tanto, tendremos que tratar de explicarnos la cuestión a partir de las cadenas borromeas.

En el estadio del espejo Lacan ya había señalado que “el hombre adora su imagen”, sin embargo muchos años después tenemos no al hombre, tampoco al sujeto del inconsciente, sino al parlêtre. Aunque la relación de adoración persiste. Lacan así lo señala “la única relación que el parlêtre tiene con su cuerpo es una relación de adoración” (Cap. III, p. 64).

Ahora bien, para adorar el cuerpo decíamos que primero hay que tenerlo, y para tenerlo es necesario que real, simbólico e imaginario, estén anudados de forma borromea por un cuarto elemento, el sinthome o el Nombre del Padre como sinthome.

En la última enseñanza de Lacan, entonces, la relación del parlêtre con el cuerpo hay que pensarla desde la perspectiva R.S.I.

Los tres registros en estos momentos mantienen una relación de equivalencia. El imaginario adquiere ahora una mayor importancia, ¿porqué? porque el imaginario ya no es solo la forma sino que es el cuerpo en tanto substancia gozante. El sujeto dividido, el sujeto de la palabra y el lenguaje encuentra su ser en el goce del cuerpo, dando lugar al parlêtre. El cuerpo, señala Lacan, viene a ser la consistencia mental del parlêtre (Sem. 23, p. 64)).

Por tanto, para decir que el parlêtre adora su cuerpo es necesario que los tres registros estén anudados. No se nos ocurriría decir del psicótico que tiene con su cuerpo una relación de adoración, es decir que ésta parece estar reservada a la neurosis: a la histeria y a la obsesión, cada una con sus peculiaridades.

Entonces ¿qué ocurre cuando los tres registros no están anudados?, es decir, cuando el imaginario se desliga, se va, “fot el camp” (“fout le camp”). Ocurre que el goce no tiene manera de situarse en el cuerpo, entonces el cuerpo pierde su consistencia de “continente” (Miller, Notas Sem. 23, p. 209), la consistencia que tiene el cuerpo por ser envase, por ser bolsa (Sem. 23, p. 18).

En función de los distintos desanudamientos del sujeto psicótico con su cuerpo, con el imaginario, todo un campo clínico se abre, un campo clínico que va desde Schreber a Joyce ( Sem. 23, ver Notas Miller, p. 206).

Tomemos el ejemplo de Joyce, la frase de Lacan sobre Joyce del Sem. 23 que me toca comentar: “En Joyce solo hay algo que no pide más que irse, desprenderse como una cáscara” [pelure]. (X, 147).

Partimos del episodio contado por Joyce en Retrato del artista adolescente. Joyce siendo niño es golpeado violentamente por unos muchachos, él describe como en el momento de empezar a ser golpeado desaparece de su cuerpo, incluso escucha una voz que le dice: “¡mira!”. Entonces, ve a un muchacho golpeado y se da cuenta que éste es él mismo. No se acuerda de nada, no ha sentido ningún dolor, salvo que observa que su cuerpo está lleno de cardenales. Se puede ver como el joven Joyce siente su cuerpo desprenderse como una cáscara, en una especie de “dejar caer” la relación con el propio cuerpo, es lo que indica el deslizamiento del imaginario.

Lacan señala que el afecto es indisociable del cuerpo, el cuerpo está tejido de afectos y en Joyce y en muchos casos de psicosis vemos el afecto desaparecer y el cuerpo separarse, como se desprende la cáscara de un fruto maduro. Es un momento de desenganche.

En el momento de la paliza, en efecto, podemos pensar que Joyce aún no se había fabricado su sinthome, esto significaría que con el sinthome el imaginario no se habría soltado. Parece que lo podría haber habido hasta este momento era un sostén simbólico del cuerpo constituido por la religión, de la que Lacan dice que “es la armadura de sus pensamientos”. En efecto, Joyce mantenía una relación de increencia con la religión, pero no la rechazaba.

Es un buen ejemplo de lo que ocurre cuando el imaginario no tiene la referencia del cuerpo. ¿Qué ocurre con Joyce? El ego de Joyce (que no es el yo), es un ego construido a partir de la escritura, no a partir de la imagen del cuerpo. Su ego tiene que ver con “ser el artista”. Con ello vemos que el ego está más ligado a lo simbólico y real, que a lo imaginario del sentido. Contrariamente a lo que ocurre con el yo del neurótico.

El ego es un sustituto del yo narcisista i(a). El reconocimiento no viene de la imagen del cuerpo por el Otro sino por la obra que él mismo es. Joyce muestra que un sinthome sin el padre tiene para él la función de Nombre del Padre en su vertiente de nominación, es decir, que sostiene la estructura. Lo que Lacan va a señalar es que con Joyce podemos ver que hay un error de entrada, una falta en la estructura, que por este hecho no es borromea. Simbólico y real están anudados, de ello dan cuenta las epifanías que se presentan para Joyce como enigmas que excluyen el sentido, es decir, excluyen lo imaginario. Ellas son pura enunciación. El hecho de que el anudamiento simbólico y real excluya el imaginario lo hemos visto con el episodio de la paliza.

Por otra parte, este anudamiento del simbólico con lo real es lo que hace que no haya desencadenamiento psicótico. El imaginario se va pero permanecen anudados simbólico y real. En Schreber, en cambio, podemos decir que hay un desanudamiento de las tres dimensiones.

Joyce reparará su nudo gracias a su sinthome, que “sustancializa” el Nombre del Padre.

 

Notas:

(1)   Miller, J.-A., Piezas sueltas, Curso de la Orientación lacaniana 2004/05, inédito.

(2)   Lacan, J., Radiofonía, en Radiofonía y Television, Ed. Anagrama.

(3)   Ibid.

(4)   Lacan, J., Aún, Seminario XX, Ed. Paidós

 

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Una respuesta a ““En Joyce solo hay algo que no pide más que irse…”

  1. Normalmente en el sujeto psicótico el anudamiento es en base a un discurso, sobre todo en las esquizofrenias, y lo real, lo imaginario queda un poco al margen, si no es mediante un síntoma como la creación de un cuerpo que “habla”, dolores de cabeza, malestar, etc. Normalmente de forma negativa. Pero yo propongo con el materialismo dialéctico que asocio con el complejo de Edipo, la muerte del Padre, o el pecado original crear el último elemento del nudo para “inventar” un Nombre del Padre.

    Un abrazo de

    Vicent

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