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El alcalde de Barcelona, Xavier Trías, por la liberación de Rafah Nached

Carta original (en catalán)

El Alcalde de Barcelona

10 de Octubre de 2011

Sr. Miquel Bassols i Puig
Coordinador del Instituto del Campo Freudiano
Barcelona

Sra. Isabelle Durand i Alavedra
Docente colaboradora del Instituto del Campo Freudiano
Barcelona

Estimados,

Os escribo en relación a la carta que me habéis hecho llegar sobre la situación de Rafah Nached, detenida el pasado 10 de Septiembre en el aeropuerto de Damasco.

Querría manifestaros que, como ciudadano y como alcalde de Barcelona, doy soporte a la campaña que el Instituto del Campo Freudiano esá liderando para pedir la liberación de la psicoanalista siriana, cuya detención es un atentado a los derechos humanos.

Tal como pidió el parlamento Europeo hace unos días, estoy a favor de la puesta en libertad tanto de Rafah Nached como de todos los prisioneros detenidos de forma arbitraria.

Espero muy sinceramente que esta campaña tenga éxito.

Recibid un saludo muy cordial,

Xavier Trías i Vidal de Llobatera

(Traducción: Miquel Bassols)

Pluralidad clínica del autismo

por Miquel Bassols

Un debate está en curso a partir de la propuesta no de ley que un lobby – lo que en política designa a un “grupo de presión” – ha conseguido hacer pasar al Parlamento español, propuesta según la cual solo podría tratarse a sujetos diagnosticados de autismo con métodos conductuales. Y ello sin tener en cuenta la pluralidad de tratamientos que ya se están realizando en la Red pública desde hace muchos años. La posibilidad de elección de tratamiento por parte de los sujetos y de sus familias quedaría así pura y simplemente excluida. Las alertas se han vuelto a abrir ante una pretensión tan exclusiva. No debería sorprender que los argumentos sigan teniendo el corte cientificista y reduccionista de otras veces. Ahora se añade una posición a esas argumentaciones que entra de lleno en lo que el científico Javier Peteiro ha tenido el acierto de denominar, en el excelente libro que hemos presentado y comentado recientemente, El autoritarismo científico (Miguel Gómez Ediciones, Málaga 2010). Las notas que aquí desarrollamos son solo un episodio más en el debate que seguimos en contra de ese autoritarismo inaceptable y de sus argumentaciones fundadas en datos de apariencia  “científica”. De hecho, la propia “comunidad científica” se muestra hoy tan dividida al respecto de hipótesis reduccionistas de este tipo que un mínimo sentido común aconsejaría ponerlas en reserva para dar lugar a una pluralidad pragmática cuando ésta sea argumentada. Es lo que nos proponemos aquí.
Ratones como autistas
Se suele repetir de forma categórica, sin medir el alcance de tales afirmaciones, que “el autismo es una afectación neurológica de causas genéticas”. A veces se añade la coletilla de que “hay conjeturas científicas fundadas para sostenerlo”, a veces se declara simple y llanamente que “todavía no se ha podido verificar experimentalmente”. La afirmación, sin embargo, sigue su curso tanto en los medios de comunicación como en muchos asesoramientos a padres y familiares de sujetos diagnosticados de autismo. El tratamiento conductual y/o farmacológico suele entonces proponerse, cuando no imponerse, como el más indicado y validado “científicamente”.
La última de las referencias que se nos han dado a conocer para sostener tales afirmaciones lleva el siguiente título: “Shank3 mutant mice display autistic-like behaviours and striatal dysfunction”[1],  “Ratones mutantes de la Shank3 presentan conductas de tipo autista y disfunciones estriatales”.  “Shank3” es una proteína postsináptica cuya mutación sería la responsable de tales conductas y disfunciones… ¡en algunos ratones! Shank3 es, pues, el nuevo candidato (de hecho, ya estaba en la lista hace unos años) para explicar el origen y causa del autismo.  Los candidatos, en efecto, se suceden  desde hace unas décadas para la futura y esperada nominación. Hace un tiempo el candidato mejor posicionado era el gen  CACNA1G, en otro momento ha sido el gen PTCHD1. Aunque la primera idea de una causa monogénica (debida a un solo gen) del autismo se ha desvanecido hace tiempo, los titulares no se hacen esperar: “El gen Shank3, responsable del autismo”, leemos ya en la prensa. Más allá de la impropiedad conceptual de tales afirmaciones (el nombre de la proteína ha sido adoptado por el supuesto gen), queda la semilla de la esperanza para un tratamiento que, siguiendo el modelo conductual de los ratones, se calificará también de conductual a la espera de que la enfermedad supuestamente orgánica sea corregida en su mutación genética.
Tomamos este ejemplo no porque nos parezca más o menos fundado en razón, – en realidad, no nos lo ha parecido en absoluto -, sino porque es paradigmático de la epidemia que asola este medio. Es una epidemia que se alimenta de la última investigación promovida en departamentos universitarios y laboratorios que poco o nada tienen que ver con la clínica real del autismo, pero que se propone como garantía última de su tratamiento con la etiqueta de  una falsa ciencia.
Empecemos por señalar algo que, por más obvio, no deja de pasar por alto a los transmisores de esta epidemia: la mera idea de diagnosticar a un ratón de “autismo” es un contrasentido absoluto, cuando no un insulto a una tradición clínica que ya tiene suficientes dificultades, como veremos, para ordenar el cuadro de fenómenos agrupados bajo ese término. Bien es cierto que tal como se prepara la próxima edición del DSM-V, manual con el que se supone deben orientarse los practicantes clínicos, está claro que el espectro se amplía de tal forma que casi cualquier rasgo juzgado por el observador como una “anormalidad en la sociabilidad” podrá incluirse en él.
Veamos la crítica de uno de los redactores del DSM-IV y jefe de Tareas del Equipo redactor, Allen Frances, ha hecho ya a la definición de TEA prevista en la próxima versión del DSM-V:
Trastorno del Espectro Autista (TEA). El trastorno de Asperger desaparecería en esta nueva categoría unificada. Aunque esta consolidación parece bien a algunos expertos, es controvertida y presenta problemas serios. Los afectados de Asperger (que es una discapacidad mucho menor) quedarán estigmatizados por la asociación con el trastorno clásico de autismo. Además, en la práctica diaria llevada a cabo por personas no expertas, el concepto de espectro alimentará probablemente la epidemia de un autismo definido de manera muy imprecisa, cosa que ya se ha iniciado con la introducción del síndrome de Asperger en el DSM-IV.”
El panorama es tan confuso que cuesta pensar en la posibilidad de su ordenación por una causalidad genética o neuronal , causalidad que se diluye cada vez más con la imposible especificidad de los síntomas. Las causas y la etiología del autismo se convierten entonces en un asunto tan pantanoso como el de averiguar el origen de cualquier respuesta considerada como asocial en un sujeto. Al igual que en el artículo que hemos tomado como referencia,
todo el problema está en el modo en que se conciban las “autistic-like behaviours” del título, esas “conductas como de autista”. Es el problema que queda como un supuesto siempre sin definir en este estilo de artículos: ¿”like” qué? La vaporosa creencia de que un ratón podría establecer “vínculos sociales e intersubjetivos” anida en ese supuesto como un verdadero virus animista nunca explicitado ni interrogado. Nada que ver con una concepción fundada en una razón científica. Es, sin embargo, de ese malentendido que se alimenta la absurda homología que se establece entre las reacciones de un ratón a una modificación biológica y las dificultades subjetivas de alguien que responde a un problema en su cuerpo a través de una experiencia que sucede por entero en un mundo de lenguaje.
Pero es necesario haberse planteado al menos algunas preguntas sobre la estructura del lenguaje y sus efectos sobre el cuerpo en el tratamiento de un sujeto diagnosticado de autismo para ser sensible a esta dimensión clínica. Lo más llamativo es que las afirmaciones anteriores están hechas por investigadores que observan a ratones pero que no han llevado a cabo ningún tratamiento con sujetos autistas. En realidad experimentan con ratones y extrapolan después los resultados sobre sujetos que no han tratado nunca.

[1] Artículo publicado en Marzo de 2011 en la revista Nature. (published online 20 March 2011).

Cientificismo y sujeto

por Javier Peteiro

El trabajo científico parece tener un afán epistémico esencial al que es inherente un goce estético*. La relación belleza – verdad impregna el avance científico fundamental. La Ciencia desvela la belleza del mundo, siendo bella en sí misma. Decía el gran matemático Hardy que “Las estructuras matemáticas, como las de los pintores o los poetas, deben ser bellas. Las ideas, como los colores o las palabras, deben encajar en una forma armoniosa. La belleza es el primer test. No hay lugar permanente para las matemáticas feas”. El físico Dirac también afirmó que “Es más importante que una ecuación sea bella que el hecho de que concuerde con los experimentos”.

En 1984, Isaac Asimov, un gran divulgador científico, escribía en uno de sus libros lo siguiente: “la iniciación en el maravilloso mundo de la Ciencia causa gran placer estético, inspira a la juventud, satisface el deseo de conocer y permite apreciar las magníficas potencialidades y logros de la mente humana”.

Pero belleza y verdad no necesariamente se asocian a bondad. El gran físico Richard Feynman decía “La Física es como el sexo: seguro tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos”.  Sí tiene una utilidad práctica. Aunque no fuera por ella, Feynman contribuyó al proyecto Manhattan.

1953 suele citarse como el gran hito, el año en que se publicó el modelo de DNA. En los años 60 se descifró lo que se empezó a llamar código genético y la Biología, al hacerse molecular, parecía que iba a marcar una nueva era en el siglo XX, un siglo cuyos inicios habían sido marcados por las grandes revoluciones físicas de la mecánica cuántica y la relatividad.

Hasta entonces se diferenciaba claramente entre ciencia básica y ciencia aplicada. Y como ya ocurrió con los griegos, los científicos teóricos mostraban cierta altanería sobre los dedicados a ciencias aplicadas, la Ciencia pura frente a la Ingeniería, la Física teórica o la Química Física frente al electromagnetismo o la Química Orgánica.

Había Ciencia y Ciencia aplicada, a la agricultura, la industria, la síntesis, la construcción o la Medicina. La Medicina, a pesar de modernizarse extraordinariamente con los rayos X, las vacunas o los antibióticos, era lo que siempre había sido: una actividad relacional, médico – enfermo, en la que se buscaba diagnosticar y curar o paliar la enfermedad. La Ciencia aplicada lo era del entorno, no del hombre.

Pero en los años 70 cambió todo. Se sabía que las bacterias hacen unos enzimas, las restrictasas, que cortan el DNA de virus que las infectan. Es un mecanismo natural de resistencia, pero esa propiedad, la de cortar al DNA en lugares específicos, permitió ver en ellas la gran herramienta de manipulación de ese DNA en los laboratorios. Junto con otras enzimas y métodos de aislamiento del DNA, tales herramientas inauguraron la ingeniería genética. Fue entonces cuando se dio la gran síntesis entre lo básico y lo aplicado. Precisamente en el ámbito de lo viviente. La reducción metodológica había mostrado todo su poder: no sólo se descifraba la información más esencial; también se la podía transformar. Se podría inducir a bacterias a fabricar insulina; se podría transformar al propio ser humano.

Nuevos avances técnicos ampliaron la visión de lo posible: anticuerpos monoclonales, perspectivas de terapia génica, métodos de secuenciación del DNA, elucidación de estructuras tridimensionales proteicas, el nacimiento de la bioinformática… Las promesas abundaron: se acabaría el hambre en el mundo, se vencería el cáncer, viviríamos más años, tendríamos ganado cuya leche fuera rica en determinados nutrientes o antibióticos…

El proyecto genoma fue la consecuencia lógica: había que leer el libro de la vida. Y finalmente, la gran aspiración: reescribirlo; no sólo toscamente, sino por completo, con genomas sintéticos o incluso modificando el propio código genético, pasándolo de tres a cuatro letras.

La gran revolución biológica se basó en algo bien sencillo: la reducción. Fue el estudio de los organismos más simples, los virus bacteriófagos, lo que permitió desarrollar la Genética molecular. La reducción metodológica se hizo sinónima de método científico. Ya lo había sido en Física; ahora le tocaba a la Biología.

La reducción metodológica hizo posible la transformación. Es fácil entender que, sin pensar, inconscientemente, se asociara reducción metodológica a reduccionismo ontológico. Desterrado el vitalismo, el ser humano sería entendible desde la escala molecular y transformable también desde ella. Desde entonces proliferan las afirmaciones ingenuas: somos nuestros genes, o la interacción de ellos con el ambiente; nuestros cerebros se podrán reconstruir algún día, nuestra mente es un gran software soportado por un hardware biológico comprensible y reconstruible (están en marcha los proyectos Connectome y Blu Brain) y el propio software, nuestro propio yo, podrá ser transferible a un soporte inorgánico. No hay bases positivistas para pensar lo contrario. Es sólo cuestión de tiempo y dinero.

Sabemos que no es así. Y que no sería deseable que fuera así. Pero la fascinación de la Biología aplicada, a pesar de tantas promesas frustradas, permanece y sostiene no sólo su propia promesa sino la más burda fantasía: nos enamora la dopamina y nos alegra la serotonina, la evolución ha seleccionado creencias y podremos vivir para siempre.

A diferencia de la Física, la Biología tiene un gran problema: la enorme variabilidad de los organismos. Incluso los que pertenecemos a la misma especie somos muy diferentes entre nosotros. Ante ese inmenso ruido de múltiples variables, relacionar entre sí unas pocas requiere el concurso de los contrastes estadísticos. El ensayo clínico muestra el poder de ese enfoque para aclararnos sobre lo que nos hace bien o lo que nos puede acortar la vida. La ciencia de la vida humana ha pasado a ser en buena medida ciencia estadística. Y, como en el caso de la asociación de la reducción metodológica al reduccionismo ontológico, también ha habido una confusión de la estadística como método a la estadística como referencia. Esa confusión facilita que pasemos de ser sujeto a ser objeto científico o, lo que es lo mismo, meros individuos muestrales, de tal modo que somos normativizados, medidos, evaluados, hasta el punto de que hay quien afirma que “lo que no se evalúa se devalúa”. Conocemos las consecuencias.

 

* Intervención para introducir el debate en el encuentro del Laboratorio del día viernes 4 de Marzo de 2011.

Ciencia y subjetividad

por Leonora Troianovski

 

Conversación con Javier Peteiro, autor de “El autoritarismo científico”

Buenas tardes,  en primer lugar quería agradecer a Miquel y a mis colegas del Laboratorio por darme la oportunidad de compartir mis preguntas con la mesa, con el Dr. Peteiro.

Tengo que decir que este libro me ha entusiasmado. En primer lugar bajo el modo del alivio, alivio por encontrar argumentaciones de peso con las que poder hacer frente a una especie de tsunami por el cual estamos siendo sacudidos desde hace ya algún tiempo (evaluación permanente, ISO, protocolización de las prácticas, medicalización de los lazos…), en un segundo momento sí el entusiasmo por su utilidad para pensar las cosas de otra manera.

En su lectura he encontrado una especie de arco que va desde la dilucidación epistémica al esclarecimiento de aquello que encontramos en el campo de las prácticas.

Una vez desandado el camino de la operación cientificista nos ofrece elementos para leer muchos de los fenómenos que acontecen en el quehacer institucional, interesándome especialmente cómo esto ocurre en el ámbito sanitario y  de salud mental, en el que desempeño mi trabajo institucional.

En este recorrido me ha acompañado, casi capítulo a capítulo, la pregunta por las consecuencias clínicas y éticas de la extensión del discurso cientificista. Es en este sentido que quería plantear algunas cuestiones y reflexiones a Javier, el dr. Peteiro, y dejarlas abiertas al debate con todos vosotros. Son cuatro puntos.

1. En el capítulo titulado Ciencia y poder, J.P Hace referencia a la figura del experto (Pag. 165) y lo define como la encarnación impersonal de este autoritarismo científico emergente. Luego introduce la noción de Calidad como adecuación a la norma no cuestionada según la cual “se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos”.

Estas cuestiones que parecen muy teóricas o de gestión,  me evocaron inmediatamente una escena reciente, de mi propia práctica. Sabemos que en la red sanitaria hace algún tiempo funcionan las DPO, que establecen los objetivos a cumplir por los profesionales, en una especie de traducción del acto médico en términos evaluables según el baremo coste-beneficio. – Uno se pregunta cómo se calcula lo que se pierde en este desplazamiento de la clínica a la gestión…

En una reunión de equipo de Atención Primaria, surgía un tímido debate al respecto, ya que había diversas posiciones dentro del equipo. La respuesta de la coordinadora ante las controversias de ciertas prácticas iatrogénicas, inducidas por las DPO fue: “Si cumples las DPO eres un buen médico”… Fin de la controversia.

Este punto me ha interesado mucho en relación a la pregunta por la posición del profesional, a cómo cada uno se ubica frente a este discurso que actualmente impera en las instituciones sanitarias (y de salud mental).

2. Al hilo de esta primera reflexión, me preguntaba cómo un científico “de su época” (pag 121) –como decía Hanna Harendt respecto de la educación, cuya responsabilidad era hacer de los niños hombres que pudieran responder a la época en la que serán adultos-, es decir “bañado” en el discurso cientificista, ha podido dar un paso al costado e introducir la dimensión ética y la dimensión subjetiva, como hace por ejemplo en la página 126 “sólo hay un freno que es el ético”, o en la página 103 cuando desanda el camino y reintroduce al sujeto donde la disfunción eréctil “convierte la sexualidad en enfermedad”.

3. En el capítulo Cientificismo y sujeto habla del concepto de felicidad (pag. 73 Be happy!), y de las consecuencias del simplismo cientificista en Psicología. Habla allí del auge de la Psicología Positiva, que efectivamente aparece diseminada en el discurso de muchos médicos de familia (inseminada). En 1929 Freud escribió “El malestar en la cultura”, es decir que podríamos ya estar advertidos! Pero no…

La lectura de este apartado me hizo reflexionar una vez más en los efectos clínicos por un lado, y en el eco que tan fácilmente encuentra en los profesionales, que toman estos principios y se dejan orientar por ellos, orientando –o desorientando, a su vez a los pacientes.

A nivel de la clínica, encontramos por ejemplo la dificultad de elaborar los duelos, ya que cualquier pérdida es automáticamente positivizada (y en caso que no sea automático, están los psicofármacos o en su defecto las pagas por minusvalías), lo que crea un ejército de crónicos, entre otras cosas.

En cuanto a los profesionales,  pensaba en la felicidad líquida (o incluso gaseosa, por más efímera y tóxica) de los médicos, que creen evitar así, con el pregón del positivismo, el encuentro con lo real de la clínica (que sabemos vuelve desde otro lado).

4. En la Conclusión, dices “la perversión de la visión científica del mundo puede, haciendo de ella la única posibilidad de acceso a lo real … dar lugar a un monstruo quimérico…”

Aquí habría una paradoja – si JP está de acuerdo, y es, que creyéndose el único lenguaje verídico que abordaría lo real, no hace sino forcluirlo sistemáticamente en el nivel de la práctica clínica, como me ha parecido se recoge bajo múltiples ejemplos en el capítulo sobre Cientificismo y sujeto.

La relación de la ciencia con lo real y el real propio del psicoanálisis, un tema que hemos trabajado mucho en el Laboratorio…

Muchas gracias.

 

“El error, una marca de lo vivo”

por Guy Briole

El error, este «acto de la razón que juzga verdadero lo que es falso o a la inversa» es, según el filósofo Alain, el primer estado de todo conocimiento y, en este sentido, la verdad sería un error corregido. Así, es la experiencia del error lo que nos conduciría a la idea de verdad. La relación entre la ciencia y el error pasa por una verificación hasta el infinito con el fin de llegar a una cierta ignorancia del error. Así, la certidumbre científica es la resultante de las exclusiones sucesivas de los errores posibles.

Bachelard considera que el error es el elemento motor del conocimiento. Sin embargo, denuncia lo que, en el espíritu científico, apuntaría a un pensamiento normativo o al dogmatismo del discurso cartesiano[1]. Esta posición remite a una concepción de los elementos, de los hechos, como siendo éstos simples, allí donde la posición científica moderna se dedica al estudio de fenómenos complejos. De hecho, no se trata ya de leyes simples perturbadas por errores sino de leyes complejas, de fenómenos múltiples, en los que la noción del error encuentra ahí una dimensión dinámica. Con lo cual, no hay nociones de base del saber inquebrantable y «se debe siempre inferir y no descubrir las bases de lo real.»[2] Así, según Bachelard, «la epistemología no cartesiana está esencialmente, y no por accidente, en estado de crisis.»[3]

 

Canguilhem: la enfermedad es del hombre

Retomemos estas cuestiones con Georges Canguilhem (1904-1995)[4], filósofo francés, conocido por su famosa tesis de filosofía medical sostenida en 1943, Lo normal y lo patológico en la que establecía la noción de normalidad en medicina y en biología así como las reglas sobre lo que son los conocimientos científicos. El conocimiento de la vida (1952)[5] es el segundo texto importante de este «filósofo de las ciencias». Allí aborda la biología, no sólo desde el punto de vista mecanicista o del que consideraba el organismo como el resultado de la suma de los elementos internos y externos – lo que sería demasiado simplista según él- sino en la dimensión de la interacción individuo/medio. Ahí está el establecimiento de la biología en tanto que ciencia de lo vivo que deja un amplio lugar al error; a los fracasos genéticos, a los errores de lo vivo donde la anormalidad encuentra su lugar.

Para Hipócrates la naturaleza (physis) se caracteriza por un equilibrio tanto en el hombre como fuera de él. La enfermedad es un trastorno de este equilibrio, es una disarmonía. El punto esencial que deduce G. Canguilhem es que la enfermedad no está en el hombre o en el exterior de él, ella es inherente al hombre. La enfermedad es «el hombre en sí mismo, le pertenece por completo. Las circunstancias exteriores son ocasiones pero no causas.»[6] Este punto es esencial en su articulación con la responsabilidad del sujeto.

Sin embargo, quedan planteadas las relaciones entre la fisiología y la patología: ¿Ruptura o continuidad de un estado al otro, ampliación del estado fisiológico en la patología? Pero entonces, surge otra cuestión: ¿Dónde se sitúa la norma? Pensar lo patológico en relación con una medida es situarlo en relación a una norma, sea ésta biológica, estadística o social.

Otra dificultad es la definición de lo normal en sí mismo que no puede definirse por criterios pré-establecidos; lo normal es heterogéneo.

Del determinismo absoluto al D del error

En el siglo XIX Claude Bernard[7], partidario de un determinismo duro, tenía una verdadera aversión por una ciencia que debiera incluir lo heterogéneo e introducir la media como criterio de normalidad. Para este autor, las regulaciones fisiológicas son funciones que se resisten al azar.

Los partidarios del determinismo consideran que todo lo que se produce es el efecto de una causa determinada. Un principio simple que encuentra en su punto de partida una manera de racionalizar lo real. Pero el determinismo empuja a que la observación sea rectificada por la experimentación. Ver salir el sol todos los días en el mismo lugar no demuestra la gravedad. Constatar en un sujeto la repetición de lo mismo no dice cuál es su causalidad.

Claude Bernard consideraba respecto del determinismo experimental que, para llegar a un método universal, hacía falta postular una unidad del objeto; ya se tratase del objeto en bruto o del objeto viviente. Para él, el campo de aplicación es secundario tanto para lo fisiológico como para lo psicológico. Así, todo fenómeno está determinado de una manera absoluta y, siendo conocidas las condiciones de esta determinación, el fenómeno debe poder ser reproducido tantas veces como el experimentador lo desee.

Los trabajos ulteriores de la ciencia moderna temperaron este determinismo absoluto del que Bachelard demuestra que exigiría que se tuvieran en cuenta todos los parámetros, cosa que no se realizó más que en el pensamiento; no es posible saber si se han contado todos los datos[8]. El error, el D que inscriben las matemáticas, deja su lugar al indeterminismo y hace valer el cálculo de probabilidad de ver aparecer el fenómeno esperado. A partir de un número mayor, la probabilidad es más grande de que el fenómeno sea regular. «El tiempo se encarga de realizar lo probable, de hacer efectiva la probabilidad.»[9] La probabilidad es uno de los dos métodos llamados «inciertos», utilizados por los matemáticos; el otro es el de los escenarios y los intervalos. En realidad, el error de cálculo es siempre incierto, pues no es el mismo cada vez. La solución llamada robusta toma en cuenta el error en la solución. La verdad científica incluye la incertidumbre.

El error y el malentendido

En la reedición de 1966, G. Canguilhem añade Nuevas reflexiones sobre lo normal y lo patológico del que el tercer capítulo se titula «Un nuevo concepto en patología: el error». Detengámonos en estos nuevos aportes.

La reflexión parte de enfermedades raras que pasan desapercibidas hasta lo que aparecen en condiciones particulares. Fueron llamadas: errores innatos del metabolismo. La anomalía genética da informaciones erróneas a los procesos bioquímicos en razón de una perturbación de la información que se apoya en el código y el mensaje. Habiendo aumentado su número, el concepto de error innato adquirió una cierta consistencia. Así, «estar enfermo es haber sido mal hecho».[10]

La introducción de este concepto de error confiere un nuevo estatuto a la relación del conocimiento y de su objeto. La teoría de la información es Una, no puede ser dividida entre el conocimiento y sus objetos, materia y vida. Así, conocer es descifrar, encontrar el código. Entonces, G. Canguilhem deduce de ello que no hay diferencia entre «el error de la vida y el error del pensamiento.»[11] El error es realmente la marca de lo vivo.

Canguilhem avanza que si la organización de lo vivo es una «suerte de lenguaje», entonces la enfermedad no es ya circunstancial, es un malentendido. Y escribe esta sorprendente frase: «Hay malas enseñanzas de la hemoglobina así como hay malas enseñanzas de un manuscrito.»[12] El enfermo no sería el responsable de su enfermedad, de sus imprudencias, de sus excesos… ¡No es el responsable de lo que le determina en su código genético y que lo hace único!

Es con sabiduría que Canguilhem avanza diciendo que esta teorización de la no responsabilidad no tiene nada de tranquilizador y que ante esta irresponsabilidad, es preferible una parte de culpabilidad cuando se aborda la causalidad del genoma familiar. De hecho, la noción de error en patología es polisémica, el único determinante genético no es suficiente para dar cuenta de la aparición y del desarrollo de la enfermedad. Así, Canguilhem advierte en contra de la tentación de una «inquisición genética» llevada por una «policía de los genes, cubierta por la ciencia genética»[13].

El error en la organización no impide el éxito de la organización. Lo relativo a una lesión, ya sea éste genético, no encuentra todavía cómo expresarse de un modo patológico. El error marca la diferencia entre la organización posible y la organización real; es la marca de una organización posible para la que no existe garantía. La ausencia de anomalía del genoma no garantiza tampoco la ausencia de error en la información transmitida.

Así, lo normal y lo patológico no son definiciones simples ya sea en relación a una media o en una relación con la adaptación. Lo normal no es lo adaptado, así como tampoco la anormalidad no es la inadaptación. La normalidad no es una subordinación a un determinismo interior o exterior del sujeto. En los dos casos este determinismo está en relación con un hecho constituido. Para Canguilhem, el viviente no está condenado a padecer el medio para adaptarse a él; al contrario «él estructura su medio y desarrolla ahí sus capacidades de organismo.»[14] Lo hace desplegando una cantidad de energía que no puede encontrarse más que «en la historia de cada uno de nosotros», que hace que cada uno «cambie sus normas»[15]. La norma es individual.

Error y verdad

El error es la oportunidad que se le presenta al sujeto de escapar a la enfermedad de la normalidad que es la de estar sometido a «la uniformidad incorruptible de lo normal.»[16] La pulsión de vida es la parte de error introducida en la pulsión de muerte.

El error libera de la tiranía de lo normal. Una apuesta por la división del sujeto, por su disarmonía, por su fracaso. El error no se opone a la verdad, es su condición, siempre imposible de decir toda, siempre medio-dicha.

 

Traducción de Iván Ruiz


[1] Bachelard G., Le nouvel esprit scientifique (1934), Paris, PUF, Quadrige, 2008, p. 151.

[2] Idem, p. 165.

[3] Idem, p. 166.

[4] Georges Canguilhem fue el director del Institut d’histoire des sciences en 1955, después de Gaston Bachelard, y tuvo como alumnos a Michel Foucault y Gilles Deleuze.

[5] NdT: Traducido al español por la Editorial Anagrama en 1976.

[6] Canguilhem G., Lo normal y lo patológico, Ed. Siglo XXI. México. 2005.

[7] Claude Bernard, (18131878), médico y fisiólogo francés, fundador de la medicina experimental, y conocido por sus trabajos sobre la homeostasis.

[8] Bachelard G., Le nouvel esprit scientifique, op. cit., p. 124.

[9] Idem, p. 122.

[10] Canguilhem G., Op. cit.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem.

[13] Ibídem.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem.

[16] Idem, p. 216.

 

El sujeto de la bioética y el sujeto del psicoanálisis[1]

por Araceli Teixidó

Cuando se habla  del sujeto de la ciencia, se habla de un sujeto que no existe como tal. La ciencia forcluye al sujeto, por tanto no se ocupa de él y es impotente para saber de él cuando retorna en lo real  – como los casos “resto”[2], como en la violencia en la consulta de los médicos o como en su propia angustia para la que se medican cada vez desde más temprano en su práctica[3] -. Sin embargo un grupo significativo de médicos hace un intento de  reintroducir al sujeto y para ello recurren a la bioética. No es el sujeto del psicoanálisis, se trata del sujeto de Kant.

I. Ética y cuerpo

Este punto se refiere a los presupuestos de quien interpreta al cuerpo de otro que le consulta. La referencia filosófica es Descartes.

Para entender la ética desde la perspectiva del psicoanálisis el problema del goce es la cuestión esencial. Se trata de ver que el cuerpo está afectado por el lenguaje – por el Otro y por lo que dice quien lo encarna, médico o psicoanalista -.

El cuerpo del que trata el psicoanálisis es un cuerpo vivo y por tanto nunca está acabado, se puede quizá conocer, saber algo de su relación con el significante y con el Otro. Es lo que hace el psicoanálisis. Pero cuando hay relación con el Otro siempre va a existir una apertura – correlativa al deseo y a la pulsión – que va a impedir que el cuerpo se cierre como un todo.

A pesar de que el cuerpo es lo que da consistencia a la experiencia de ser individual, no hay ninguna significación que lo capture por completo. Especialmente es sensible a la significación del Otro cuando está enfermo pero también cuando está enamorado, por ejemplo.

El único cuerpo cerrado, acabado, es el cadáver. Es un cuerpo al que el lenguaje no afecta. Para la medicina no hay sujeto porque el cuerpo del que trata es un cadáver[4] y si se considera vivo el modelo utilizado es la máquina[5].

El goce que se forcluye es el del paciente. Pero también es el del médico.

Del mismo modo que la lectura del cuerpo no se ve afectada por la subjetividad del paciente, al no estar afectada por el goce del cuerpo la razón del científico no tiene trabas y éste cree poder acceder al conocimiento de modo directo. Se trate del conocimiento del hombre o del conocimiento del mundo.

El pensamiento claro y distinto de Descartes lo es porque de lo que le perturba, de la pregunta por la verdad, se encarga Dios. El sujeto sabrá, recibe una promesa de saber.

En cambio, el sujeto del psicoanálisis es un sujeto afectado por el cuerpo, la razón es la del inconsciente, afecta del deseo del Otro. La pregunta por la verdad permanece abierta. El sujeto no sabe; la suposición de saber que dirige al psicoanalista también contiene una promesa de saber.

Saberes de distinto signo, el de la ciencia y el del psicoanálisis. El de la ciencia dirigido a un futuro infinito en el que los saberes se suman. El del psicoanálisis dirigido a la destitución del Sujeto supuesto Saber.

Al psicoanálisis por aceptar el límite en el saber se le puede acusar de impostor por la promesa que alimentó. ¿Por qué no es la ciencia la acusada cuando es allí donde se encuentra una promesa que jamás se podrá cumplir?

II. Ética y sujeto

Este apartado se centra en la toma de decisiones. Para abordar al sujeto autónomo la referencia es Kant.

Continuando el punto anterior: a pesar de no creerse afectados por el goce, los médicos se ven confrontados a elecciones y decisiones. El sujeto de la ética es el que se ve confrontado a una decisión.

En psicoanálisis hay elecciones y decisiones por parte del paciente que plantea su conflicto y que será acompañado por el analista; pero también del analista mismo cuando se trata del acto. El analista trata de permitir el encuentro del sujeto con su verdad y sus elecciones.

En el anterior paradigma de la medicina que se denomina paternalista, el médico tomaba una decisión y se hacía responsable del tratamiento y sus consecuencias. Actualmente el paciente-ciudadano también tiene derecho a decidir, tanto sobre su salud como sobre lo que debe hacer el médico. Para pensar sus elecciones y barajar los propios planteamientos con los del paciente, el médico recurre a la bioética. La dimensión del acto está excluida porque no se pone en juego el no saber.

A este nivel es posible que el médico se plantee su angustia. De hecho es un problema que se plantea actualmente en la bioética y para el que de momento no tiene respuesta[6]: ¿Como actuar sin angustia delante del conflicto ético que se plantea en determinadas intervenciones?

El deseo del analista permite operar sin que la angustia del analista intervenga. Pero para llegar a esta posición, primero hay que atravesar este afecto en el propio análisis.

III. Posible salida

¿Como orientarse a partir de estos planteamientos?

Puede ser útil la pregunta de Miller a Lacan y la respuesta de éste en el año 1964[7]. Miller: “Dos discursos, el discurso científico y el discurso del otro, o sea, el inconsciente…La ciencia se instaura por establecer con el inconsciente una relación de no-relación. Está desconectada. Pero no por ello desaparece el inconsciente y sus incidencias siguen repercutiendo en la ciencia”…

Lacan: …”podemos platear legítimamente la pregunta acerca del deseo que yace tras la ciencia moderna. … …¿cómo es posible esta desconexión? A esto sólo cabe responder a nivel de un deseo”.

Para pensar este fragmento en el ámbito que concierne a este trabajo, a nivel de la medicina no se puede esperar nada. La medicina no es más que un modo de conocimiento, una disciplina que tal como se plantea actualmente no contiene en si misma elementos que permitan tratar al sujeto. El sujeto en la ciencia está forcluido. Sin embargo en algún lugar hay un sujeto y lo reconocemos por su angustia. Es de éste del que se puede esperar una respuesta, una responsabilidad sobre su deseo: es al científico, al médico.

Habrá que ir viendo, médico a médico, si están dispuestos a poner en juego algo de su deseo para operar de otro modo. Si va a consentir al inconsciente. A su propio inconsciente.

Quizás entonces se podría pasar del principio de autonomía – uno de los cuatro principios que organiza la bioética y que supone al paciente la capacidad de decidir autónomamente, sin intervención del goce, sobre los tratamientos que se le proponen – pasar a lo podríamos llamar principio de dependencia. Este principio convertiría la interlocución en un compromiso ético que se podría construir a partir de lo que el psicoanálisis permite saber a cada sujeto.


[1] Este trabajo tiene su raíz en las elaboraciones en curso en el cártel “La bioética y la ética en psicoanálisis” inscrito en la ELP.

[2] A los que se refería Erik González en la reunión del Laboratorio el 14 de mayo en Barcelona.

[3] Así lo afirma el estudio que el Dr. Xavier Blancafort de la Fundación Galatea llevó a cabo en 2008 según se recoge en el periódico “Metro” del 18 de noviembre de 2008.

[4] Lacan, J. “Psicoanálisis y medicina” en Intervenciones y textos 1 Pág.88 cita a la clínica médica a partir del anatomopatólogo del s. XVIII. Bichat que estudia el cuerpo a partir de autopsias.

[5] Canguilhem, G. “La santé: concept vulgaire et question philosophique” en Ëcrits sur la Médicine Ed. Seuil. En este texto, el autor cita en varios momentos a Descartes y su concepto mecanicista de cuerpo.

[6] Así lo planteó el Dr. Diego Gracia, catedrático de Historia de la Medicina de la U. Complutense el pasado 2 de marzo en una Jornada sobre “La crisis y los valores en medicina” que tuvo lugar en la Casa de Convalecencia de Barcelona.

[7] Lacan, J. Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.